
Por Angel Elìas#
La extendida y calma congoja que sintió gran parte de la sociedad argentina por la muerte de Raúl Alfonsín, un símbolo del aprecio popular al hombre que gestó la recuperación democrática, tuvo su pequeña y desdichada contrapartida en innumerables opiniones que reprodujeron los medios de comunicación, y que no sería bueno pasar por alto.
Muchas de estas opiniones arrancaron del remanido argumento que sostiene que la muerte no debe sacralizar a las personas, y de esta forma se convierte en justificativo para disparar análisis de rigor inusitado, muchas veces, situados al borde de la necedad, casi de la crueldad. Enumeran, casi todos, la retahíla de cuestiones que desde hace tiempo se instalaron como las más negativas de su gobierno: el anuncio de la economía de guerra, la crisis de semana santa de 1987, la hiperinflación, el intento de trasladar la capital a Viedma, el final anticipado de su mandato.
Entonces aparece, machaconamente, casi como un insulto la frase poco feliz de “la casa está en orden”; guillotinada, porque elude siempre las palabras que seguían: “y no hay sangre en la argentina”. También, y siempre en tono pontificador, se ha escrito y se ha dicho, que la finalización anticipada del mandato fue producto de una acumulación inexplicable de debilidades y concesiones y, que en última instancia es la consecuencia directa de la cobardía.
Los opinadores que enuncian estas cuestiones, nunca incluyen el contexto, porque es más demoledor plantearlas en el vacío. A ninguno se le ha ocurrido recordar la respuesta de Alfonsín al obispo que agredía la república democrática desde el púlpito, o la que le dio al mismo Reagan cuando haciendo gala del desparpajo del imperio se refirió al endeudamiento de los países pobres o el accionar de los sectores económicos más poderosos o la inexplicable seguidilla de paros generales impulsados por la CGT-
De todos modos, en estos días hemos escuchado muchos más elogios que críticas, que, sin embargo, tampoco sirven para tranquilizarnos demasiado. Elogios variopintos, asentados en distintas intencionalidades; algunos proferidos por los que en otros momentos se ubicaron en las antípodas del pensamiento y las acciones de Alfonsín, por ejemplo algunos sectores de la mesa de enlace de las patronales agropecuarias, que ahora ponderan, pero en 1988 le organizaron una furiosa silbatina desde las gradas de la Sociedad Rural, a la que Alfonsín respondió con seguridad y firmeza.
También, y en este caso de buena fe, se alaba a Alfonsín pintándolo con los tonos neutros del defensor de las normas y los valores democráticos reduciendo su figura a la del gobernante de los consensos, del dialogo y de las formalidades democráticas.
Todo eso está muy bien, pero conviene no olvidar que la Iglesia, durante su gobierno reaccionó con vehemencia frente al tema del divorcio, el aborto o las orientaciones laicas de la política educativa; ni tampoco que las Fuerzas Armadas, con su poderío intacto, que desde el mismo día de su asunción fragotearon contra Alfonsín y no precisamente porque la política de derechos humanos fuera condescendiente.
En definitiva muchos sectores y ciudadanos que por estos días exclaman valoraciones positivas no pueden disimular que, simpatizaron durante su gobierno con los sectores que Alfonsín enfrentó, siempre reaccionarios.
Sin embargo, hay una mirada que sería deseable se componga con los trazos que se encuentran en expresiones de hombres y mujeres de nuestro pueblo que lo conocieron y lo valoraron como lo que esencialmente fue; un hombre de la política, comprometido en la práctica concreta, no en la declamación, con los derechos humanos.
Alfonsín no fue un revolucionario, fue un militante capaz de consagrar la vida entera a una predica tendiente a hacer de la democracia un valor constitutivo de los argentinos, obsesionado por instalarla definitivamente, para las generaciones futuras.
Fue un político coherente capaz de sostener los mismos valores a lo largo de toda una vida y en las más diversas circunstancias, y de llevarlos a la práctica, sin dobleces, sin especulaciones, con ese don tan singular de los que son capaces de transformar la realidad. Un radical en serio.
Y también fue un gobernante comprometido, lleno de determinación, capaz de equivocarse y reconocerlo, de persistir, sin dejar nada sin hacer, sin negarse a enfrentar los problemas, aun los más abrumadores. El gobernante del juicio a las juntas militares, de la CONADEP, del Plan de Alfabetización, del Plan Alimentario Nacional, de la paz con Chile, el que impulsó políticas públicas sobre ciencia y técnica y asuntos agropecuarios, que todavía esperan el veredicto de historiadores que se ocupen de una experiencia de gobierno singular.
Fue un hombre común, sincero, ajeno a las sobreactuaciones, capaz de crear en cualquier circunstancia una atmósfera de calidez, indispensable para cualquier relación humana que busque construir, como le gustaba decir, “una sociedad más justa más libre y más igualitaria”.
#
En ocasión de cumplirse un año de la muerte de Raúl Alfonsín reproducimos esta nota del 6 de abril del 2009