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Cambio climático y democracia, un desafío global

Por Lucas D. Micheloud *

Nuestro planeta a lo largo de su historia ha experimentado variaciones climáticas extraordinarias. El efecto invernadero natural permitió la vida en la Tierra tal y como la conocemos, al retener parte del calor del Sol que la Tierra devuelve al espacio, permitiendo tener una temperatura media global de 14,5 ºC. Sin él, la temperatura media sería de -18 ºC. En buena parte, debemos nuestra existencia como especie al calentamiento global producido por los gases de efecto invernadero (GEI).

Sin embargo a partir de la revolución industrial, el aumento de la concentración de CO2 y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera, producidos principalmente por consumo de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) en la producción de energía, en los sistemas de transporte y en la industria, ha provocado un incremento sustancial del efecto invernadero. Asimismo han contribuido la tala indiscriminada, quema de bosques, algunos métodos de explotación agropecuaria, entre otros. Hoy existe consenso en la comunidad científica internacional que el cambio climático actual no es natural sino antropogénico (1).

Enfrentar el cambio climático representa quizás el mayor desafío de este siglo, de la humanidad toda. Sucede que si la temperatura del planeta supera en unos 2 grados centígrados la existente en el período pre-industrial, probablemente nuestro planeta sufra cambios irreversibles.

Debemos comprender que el calentamiento global no es solamente un problema de orden ambiental, sino (y fundamentalmente) político y económico. Estamos ante a un conflicto en la gobernanza mundial para remediar este asunto, y ante un modelo económico-productivo enfrentado a la naturaleza. Desde la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992 la comunidad internacional ha celebrado acuerdos diplomáticos entre los que se destaca el Protocolo de Kyoto, tendientes a adoptar políticas de mitigación destinadas a reducir las emisiones de GEI a la atmósfera, sin embargo los resultados al momento indican un derrota colosal (2).

Es que las características y dimensiones del calentamiento global requieren del diseño institucional de políticas ambientales tendientes a reducir las emisiones de GEI a escala planetaria, lo que implica una implementación progresiva por cada Estado-Nación.

Específicamente el Acuerdo de París adoptado el 12 de diciembre de 2015 durante la XXI Conferencia sobre Cambio Climático (COP 21) por los 195 países miembros significa en palabras del Ministro de Asuntos Exteriores de Francia Laurent Fabius un punto decisivo histórico en el objetivo de reducir el calentamiento global.

La salida de Estados Unidos del Acuerdo de Paris (3) el 1 de junio de 2017 representa un claro retroceso en esta lucha, pero además un nuevo revés a los sistemas gubernamentales democráticos contemporáneos que, por sus características estructurales, no logran respuestas concretas hacia los problemas globales (4).

La hora actual obliga a las democracias deliberativas darse una organización distinta en términos de eficiencia, capaz de construir una gobernanza mundial con soluciones locales y globales concretas para combatir el cambio climático. Ya no se trata de proclamar derechos sino de reducir progresivamente las emisiones de GEI. Por tal razón, necesitamos reestructurar con urgencia los sistemas democráticos a fin de alcanzar un consenso planetario que garantice eficacia y compromiso indeclinable sobre las metas del Acuerdo de París, principalmente de los países industrializados (5).

Entre las decisiones políticas más urgentes a impulsar por parte de los países destacamos las tendientes a descarbonizar los sistemas de transportes y acelerar la transición de las energías renovables. También modificar el modelo económico mundial vigente basado en el desarrollo ilimitado por otro sustentable e integrado con los ecosistemas de vida. Para ello, la nueva cultura de gobernabilidad debe generar condiciones propicias para estimular inversiones en el sector privado que procuren incorporar tecnologías sustentables a los procesos productivos, y aplicar políticas de estimulo y fomento a quienes desarrollen estas prácticas.

Combatir con eficiencia el cambio climático requiere (a la par de las acciones desplegadas en el campo de la gobernabilidad) participación activa de la ciudadanía. En este sentido es trascendental el trabajo realizado desde las organizaciones de la sociedad civil a fin de impulsar acciones colectivas que interpelen a los gobiernos locales o de cercanía hacia la construcción de agendas públicas ambientales en sus jurisdicciones.

Como señalara la primera Secretaria de Recursos Naturales y Ambiente Humano de Argentina Yolanda Ortiz, debemos transitar del ego-ciudadano al eco-ciudadano. Necesitamos educación ambiental para formar ciudadanos comprometidos con la cuestión ambiental, defendiendo el ejercicio de los derechos colectivos y bienes ambientales por sobre los individuales. Pensar el ecociudadanismo como un concepto para construir nuevos estilos de gobernabilidad, puede ser una forma eficaz de soslayar las restricciones que significan los sistemas electorales a la democracia deliberativa moderna a la hora de gestionar políticas de estado que integren las generaciones presentes y futuras.

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(*) Abogado. Coordinador de la Comisión de Medio Ambiente del IFPO. Docente en UTN/FAGDUT y UCA Rosario. Miembro del Instituto Derecho Ambiental de Colegio de Abogados de Rosario.

(1) A pesar que la llegada al poder de Donald Trump ha hecho resurgir las voces negacionistas, hoy son una clara minoría.
(2) Según el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) las emisiones de gases de efecto invernadero siguen incrementándose y alcanzan niveles desconocidos desde hace al menos 800.000 años.
(3) El art. 2 del acuerdo propone a) Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático; b) Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos; c) Elevar las corrientes financieras a un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.
(4) Con acierto el actual Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Dr. Ricardo Lorenzetti, señaló que los estatutos constitucionales del poder en Argentina y en todos los países del mundo regidos por la democracia responden a los sistemas electorales, y en términos generales ningún gobernante está dispuesto a asumir costos actuales para beneficios futuros de mediano y largo plazo.
(5) Autores como Pierre Jacquet, Jean Pisani-Ferry, y Laurence Tubiana coinciden que existe un carácter inacabado de las instituciones internacionales. Precisan que “se ha producido un desfase entre la naturaleza de los problemas que deben abordarse y la arquitectura institucional: esta última no refleja la jerarquía de los problemas actuales. Por ejemplo, el medio ambiente se ha convertido en un tema principal de preocupación y de negociación, pero no recibe un apoyo institucional comparable con su importancia”. (Pierre Jacquet, Jean Pisani-Ferry, Laurence Tubiana ; “En busca de la gobernanza mundial”).

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